
Thomas Quasthoff & Amatis Trio
—Humanity in war
- Palau Cambra
20Octubre2026
Martes
20:00
Sala de Conciertos

De las guerras mundiales a Messiaen y Pärt: música, resistencia y esperanza ante la catástrofe

Thomas Quasthoff & Amatis Trio
—Humanity in war
20Octubre2026
Martes
20:00
Sala de Conciertos

Trio Fortuny & Cristina Mateo
—Part y Messiaen
22Octubre2026
Jueves
19:30
Sala Petit Palau

Quartet Gerhard
—Integral de Cuartetos de Shostakovich (I)
3Noviembre2026
Martes
19:30
Sala Petit Palau
La música ante la ruptura de la historia
Stefan Zweig cuenta en su célebre ensayo autobiográfico El mundo de ayer cómo, en la tarde del 28 de junio de 1914, mientras leía plácidamente en un parque de Baden, le llegaba la música de una banda que, de repente, dejó de tocar. Los músicos que abandonaban el quiosco de música fueron relevados por una multitud que se congregaba alrededor de un telegrama: el heredero al trono del Imperio austrohúngaro, el archiduque Francisco Fernando, había sido asesinado en Sarajevo. Así es como la historia irrumpe y detiene la música.
El mundo, que parecía algo seguro y permanente, se precipitaba hacia acontecimientos insospechados que desembocarían en la Primera Guerra Mundial, traumatizando a toda una generación y planteando un desafío mayúsculo a los artistas: cómo crear y vivir en un mundo que se rompe de forma abrupta.
La ilusión de un mundo estable hecha añicos encontró en Fritz Kreisler un ejemplo paradigmático: prodigioso violinista, figura de una Viena musicalmente ideal(izada), que acabó formando parte de un regimiento destinado al Este durante los primeros compases de la Gran Guerra. Kreisler pasó de una Viena dulce, melódica e inmortal a titular sus memorias «Cuatro semanas en las trincheras: la historia de guerra de un violinista». Las Alt-Wiener Tanzweisen, sus antiguas danzas vienesas, acaban siendo una postal de lirismo nostálgico de un mundo que se despide. O, más bien, de la imagen de un mundo que se echará de menos.
Una tradición que también abraza Erich Wolfgang Korngold con una música que se refugia en una teatralidad vital que lo llevaría, ya en los años treinta, a componer bandas sonoras en el primer Hollywood dorado. La música incidental, que hizo sonreír a Viena en tiempos de su canto del cisne, es diametralmente opuesta a la ruptura que evidencia Anton von Webern y a la idea de que la música ha estallado en partículas. La continuidad con la gran cultura europea del shakespeariano Mucho ruido y pocas nueces de Korngold frente a la fractura y el mundo que se comprime de las Tres pequeñas piezas de Webern. Los grandes relatos exuberantes que seducen al oído frente a la cruda reducción a la esencia que venía anunciando la modernidad del cambio de siglo. Ambas son estrategias conscientes que se adaptan a un escenario nuevo, que se encuentran en la encrucijada histórica y creativa, dos formas de habitar el mundo.
Al fin y al cabo, La novena elegía de Duino de Rainer Maria Rilke, iniciada en 1912, interrumpida durante unos años y publicada ya después de la Primera Guerra Mundial, reflexiona sobre todo aquello que es efímero, único y rotundo, con el decisivo verso «Hiersein ist viel». Estar aquí es mucho. A menudo, estar aquí es el máximo desafío que se puede asumir.
Si alguien representa la elegía vital del artista con esa misma idea de estar aquí, atrapado en su contexto, ese es Dmitri Shostakóvich. En su caso, es la resistencia personal cuando la catástrofe no es solo pública, sino también una amenaza privada. El viejo mundo ha desaparecido y ha sido sustituido por una historia que vuelve a irrumpir con severidad y obliga al artista a mantener un delicado equilibrio con el poder. La música no solo da testimonio del mundo, sino que lucha por existir mientras este pasa por encima de ella.
A la Primera Guerra Mundial, sin embargo, le acabaría sucediendo algo peor: la Segunda Guerra Mundial. «Ya no habrá tiempo», proclama el Apocalipsis de Juan. «No habrá más demora», según otras traducciones, que introducen un matiz de significado diferente. No es, en cualquier caso, una cita gratuita para introducir al ferviente católico y genial músico que es Olivier Messiaen. El tiempo histórico languidece ante la eternidad. El legendario y convulso Cuarteto para el fin de los tiempos, estrenado en condiciones precarias en el campo de prisioneros VIII-A, proclama que el horizonte, tal como lo conocemos, ya no es posible o, al menos, imaginable. La fractura lo desborda todo y la contemplamos como quien escucha a los pájaros que tanto adoraba el Messiaen ornitólogo. El límite parecería estar aquí. El fin de un tiempo musical (ritmos convulsos e irregulares) que conecta con el fin del tiempo del mundo en sí mismo.
Pero incluso así la música se abre camino y encuentra una grieta entre el cemento. Sin abandonar el territorio de la fe, Arvo Pärt propone la oportunidad de una comunión. Frente al fin del tiempo messiaeniano, el compositor estonio construye, desde un rigor espartano, una fórmula estricta para reencontrarse. Sus tintinnabuli son diferentes voces y ejes que generan variaciones, permanencia y una idea casi de religiosidad musical circular. Su Fratres (Hermanos) nace en 1977 y se inscribe en las postrimerías de un periodo de crisis creativa que lo llevó a mirar atrás, al mundo medieval. Una mirada retrospectiva en el tiempo para reconciliar el presente.
Después de tanta ruptura, y revisitando de nuevo la espiritualidad, el Salmo 133 podría ser un pórtico perfecto para su Fratres: «Mirad qué bueno y agradable es que los hermanos vivan juntos y unidos».
Quizás la música no consiga plasmar un mundo perfecto, pero intenta cerrar el círculo frágil que nos lleva al corazón de la experiencia humana y musical: el encuentro entre músicos y público para compartir un tiempo. Nunca pacífico, pero quizás fraternal. Hacer música es una forma de estar juntos y de hacer posible ese punto de encuentro.